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7 de octubre de 2018
El ocaso de Tinelli o el televidente cambio

Hoy, como nunca, el espectador tiene la sartén por el mango, y exige calidad y es lapidario.

El baile no tiene que ver con un sueño, una danza televisiva que es en sí misma una pesadilla recurrente que se replica hasta el hartazgo.

Para empezar, una obviedad: el mundo cambió. O el futuro llegó. Cualquiera de las dos aplica para explicar la extinción lenta –y necesaria– del producto insignia de eltrece: ese baile que ya ni siquiera tiene que ver con un sueño, una danza televisiva que es en sí misma una pesadilla recurrente que se replica hasta el hartazgo.

Y sin que talle la saña, también se podría agregar que ya iba siendo hora.

En resumen, la noticia por estos días es que a Marcelo Tinelli no le está yendo bien. A él. Porque podemos hablar de programas puntuales, de apuestas satélites, pero siempre estaremos refiriéndonos a los guarismos de todo cuanto está bajo su radio de influencia.

Los números viran al rojo y hay chances de que el buque insignia que se resiste al desguace pase de una vez y para siempre a mejor vida: la fatiga de los materiales que sostienen al “Bailando” es evidente, y las fisuras por donde se le van los televidentes, preocupante.
Porque en la tele también son tiranos los números, y si algo no rinde, ese algo no se sostiene.

El misil en la línea de flotación del producto es la manera rotunda con la que los espectadores le dan vuelta la cara, y cómo pisotean con críticas las ruinas de un imperio construido allá lejos y hace tiempo sobre risotadas, del que en la actualidad sólo sobrevive un aquelarre de insultos, confrontaciones y –si queda tiempo– algo de danza.

Los años de festejar el blooper, el goma y el chascarrillo de Osvaldo Príncipe mutaron hoy a una fría indiferencia –o directamente hastío– ante los gritos de Laurita Fernández, el poliamor del marido de la Peña, y el desfile de ilustres desconocidos cuyas miserias hay que degustar como si fueran mieles.

Muchos argumentan que la bajada abrupta del rating es una fuga hacia otros programas que a la misma hora ofrecen mejores productos, y tal vez algo de eso haya, pero no hay que olvidar que lo de Marcelo Tinelli –en este contexto social, económico y político–, no califica ya como entretenimiento, y para quien lo sintoniza, es tan estridente como una alarma en la madrugada.

Pocas nueces

El efecto residual de haberse estancado por 30 años en el aire con un mismo formato es insoslayable: el eje del planeta Tinelli en la actualidad está corrido, más cerca de otros sistemas solares que le quitaron energía como a Superman: un empujón en la AFA primero lo dejó sin capa y el feedback de su tibio lanzamiento político lo bañó en tono kriptonita para siempre.

Puede que en esa dispersión se haya licuado la fuerza para sostenerse en la pantalla, pero sería ingenuo negar todas las muchas otras señales de agotamiento que va dando su fórmula de un tiempo a esta parte.

En tiempos en los que el zapping se hace fuera de la tele, en los que el público (sobre todo las nuevas generaciones) no se estanca y navega opciones a cielo abierto: ¿quiénes están dispuestos a engrillarse a un horario específico? ¿Quiénes se sienten cómodos en un nicho tan ruidoso como ese festival del escándalo en el que se convirtió el certamen?

Y en ese abanico de indicios, el más claro es justamente que a los espectadores cada vez les importa menos lo que pueda ofrecer Tinelli para reinventarse.

En esa pregunta aparentemente inocente tal vez anida el epitafio del programa: cada vez hay menos beneficios en consumirlo; porque el tiempo es valioso y no se puede dilapidar frente a un electrodoméstico que no se mueve y que, encima, nos agrede de manera constante.

 Desafíos modernos

Deben ser pocos los ciudadanos que después de una jornada en la que les enchufaron no sé cuántos chirlos, voluntariamente elijan irradiarse con los rayos catódicos de Esmeralda Mitre, ysin embargo el Universo Tinelli todavía apuesta a seducir con las fricciones mal actuadas y los insultos estentóreos.

Mientras algunos analistas avisoran un inminente giro mágico por parte del conductor, varios insisten con que ese volantazo no lo hará volver a sus mejores tiempos, porque el tipo de televisión que hace Tinelli circula por la banquina desde hace un buen rato.

En este sentido cabe preguntarse si es en efecto el rating baja o si el peso de la realidad está haciendo el trabajo: el espectador del siglo 21 exige respeto y una recompensa por el tiempo invertido, cosas difíciles de encontrar en el frente de batalla de la guerra por el rating, que ya ni reporta beneficios para quien está mirando.

Chauchas y palitos

ShowMatch, Bailando por un sueño, VideoMatch, la casa de Gran cuñado. Cada una a su manera fue una idea oportuna que rindió porque en un contexto determinado funcionaba, generaba complicidad, risas.

Pero de las grandes ideas hoy queda poco y nada, apenas un par de caras conocidas, apenas uno que otro recurso que de tanto ver repetido en pantalla, da vergüenza ajena.

Y esas chauchas y palitos flotan a la luz de un ojo que ya no tiene tiempo para perder, que no se deja conquistar por la violencia gratuita y la frivolidad.

Los espectadores a los que hay que seducir hoy no tienen teléfono fijo, no están abonados al cable y hacen zapping con el pulgar arriba o el pulgar abajo.

Hoy, como nunca, el espectador tiene la sartén por el mango, y exige calidad y es lapidario. 

Subestimarlos con un producto arcaico, que tiene el deslucido brillo de un vodevil a la luz del día, sólo se pueda augurar un final tan cantado como el que estamos observando: los coletazos de un fósil que se resiste a ser archivado.



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