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24 de junio de 2019
El niño me saca de quicio
Puede ser que un niño no desestabilicé, pero no es verdad, el niño es la gota que colma el vaso, pero tú has ido llenando ese vaso a lo largo del día


Muchos padres dicen ‘es que el niño me saca de quicio’ al final del día. Pero no es verdad,el niño es la gota que colma el vaso, pero tú has ido llenando ese vaso a lo largo del día, porque te metes en un atasco, porque sales tarde de casa, porque tienes un compañero que es tóxico, porque tienes tanta acumulación de tareas que no llegas a todo, porque no tienes tiempo y comes mal y te sientes mal… y cuando llegas a casa estás saturado. Y a poco que el niño, intenso por naturaleza, se ponga a negociar contigo, terminas perdiendo los papeles.

¿Y cuál es la solución?

Primero no debesperder la calma ,separarnos de todo lo tóxico que traemos de la calle y distanciarnos del estrés de modo que podamos tener atención plena con la educación.

El juego es una metodología para conseguir, por ejemplo, que el niño se vaya a la ducha sin tener que repetirlo veinte veces porque sea algo que al niño le apetece porque se lo pasa bien.
Jugar ha sido uno de los métodos de aprendizaje de toda la vida, y lo tenemos infravalorado porque se asocia a una conducta irresponsable, pero podemos jugar con ellos para que hagan lo que deben hacer.
Pues para que se duchen hay un juego muy sencillo: la olimpiada de duchadores. Les compras unas gafas, les das un cronómetro y les lees un escrito solemne del tipo “Queridos duchadores y duchadoras, va a dar comienzo la olimpiada, cada uno tenéis un cronómetro en la mano que empezará a contar tan pronto como demos la señal y dirá cuánto tarda cada uno en ducharse, y estas son las normas: no vale dejarse jabón en el pelo, etcétera, etcétera” Y luego apuntas los tiempos en una tabla. Se trata de rodear la ducha de toda una parafernalia más o menos artística para que una rutina pesada pase a ser algo divertido. Y que al día siguiente, en vez de perseguir al niño para ducharse, sea él el que pregunte ¿cuándo jugamos a las olimpiadas de duchadores?

A los padres les crispa porque, cuando llegas cansado del trabajo, negociar supone un sobreesfuerzo. Pero enseñar a negociar a los hijos es importantísimo para educarlos para la vida. Muchos padres me dicen que quieren que su hijo obedezca a la primera. 


Obedecer a la primera es una conducta de sumisión y de niños


Todo lo que los padres educamos de pequeños deja una huella importantísima en el futuro de las relaciones que van a tener nuestros hijos. Por eso es tan importante que pegar o gritar sea algo completamente innegociable. Porque si la figura que más te quiere en tu vida y que te tiene que proteger, te grita, te pega y te castiga, ¿qué vas a esperar de tus relaciones con los amigos o de tu relación de pareja? Habrás normalizado que gritarse es normal, es la manera de poner orden, de tener poder y autoridad, y repetirás lo mismo con otros o dejarás que lo repitan contigo.

Los padres no deben "humillar" ni comparar. Y en el comparar entran comentarios como ‘¿Podrías recoger tu cuarto? Mira como lo tiene tu hermano’. Parecerá nimio, pero acabas de crear una relación de competitividad. Luego muchos padres dicen ‘no sé porque este niño se pone celoso si los quiero por igual’. Pues porque haces comentarios en los que se siente rival de su hermano.

No castigar. El castigo es una manera de mostrar a tu hijo que se ha equivocado y de que sienta que se ha equivocado, pero con él no estamos enseñando a gestionar el error y el fracaso de una manera eficaz. Tenemos que establecer con los hijos consecuencias. 

Cada conducta tiene una consecuencia, y lo tienen que saber. Pero no un castigo. La consecuencia se diferencia del castigo en que genera un aprendizaje; trata de reparar el daño de forma eficaz.

Si como padres los castigas diciendo ‘te quedas el fin de semana sin salir’ porque has suspendido, ¿con eso qué arreglas? Que le duela que ha fallado. Es preferible que digas ‘vamos a establecer un plan porque has reprobado  matemáticas; vamos a ver a qué le robamos alguna hora más de estudio. ¿Te parece que le quitemos una hora a la serie que ves?’ Y negociamos. Pero no es un castigo, sino una forma de reparar lo que no se ha hecho bien y de buscar soluciones.

 ¿Qué es lo que sí debemos hacer con los hijos?

Sí al amor incondicional. Y el amor incondicional no es decir te quiero cuando algo hace algo bien; es expresar amor de cualquier manera en cualquier situación: ‘qué orgullosa estoy de ser tu madre’; ‘me encanta hablar contigo’; ‘me gusta tenerte como hijo’. Porque muchos hijos se sienten queridos porque meten un gol los domingos, porque sacan sobresalientes, porque se están portando bien... Porque con frecuencia los padres refuerzan y expresan su amor relacionándolo con los éxitos de los hijos, y los niños crecen pensando que para ser querido tienes que tener éxito o hacer lo que la otra persona necesita que hagas. Y así la autoestima se debilita muchísimo, porque no está en función de lo que eres como persona sino de lo que los demás te valoran. Y de ahí la importancia de otro sí en la educación: el sí a potenciar la autoestima de nuestro hijo, reconociendo mucho más todas las fortalezas que tiene que no todo lo que hay que corregir, porque a veces estamos más centrados en corregir que en decir todo lo que hacen bien.

Hay que ayudarles a sacar su potencial trabajando la autoestima y también enseñarles a gestionar el fracaso y el error, porque el fracaso y el error es un compañero de vida. Si cada vez que se equivocan les hacemos sentir mal, ellos luego no querrán salir de ninguna zona confortable ni hacer nada donde puedan equivocarse, porque les supone un problema.


El problema es que en el siglo XXI se sigue educando a los niños con las mismas normas que se educaba en el siglo XX, y no funciona. Los padres están confundidos porque quieren hacer las cosas bien, seguir una disciplina positiva, respetar al niño, respetar su dignidad… Pero luego, en plena vorágine de estrés, unos acaban repitiendo modelos antiguos de gritar y castigar, y otros confunden la idea de respetar al niño con no poner límites. Y no es así, porque los límites son necesarios.

Y ¿cómo se ponen los límites “con serenidad y respeto”?

Con los niños pequeños, de dos o tres años, el límite es decirle “tenemos que hacer esto ahora”. Y si trata de resistirse o negociar, decirle que hay cosas en casa que son innegociables. Han de aprender la palabra innegociable desde que son pequeños, fijando límites en aquello que para ti es importantísimo. Y en eso no ceder. Repetirlo las veces que haga falta, pero en un tono de voz normal, sin gritar. Luego, cuando van creciendo, hay límites que hay que sentarse y negociarlos en un código de conducta que fije las horas en que vamos a usar el móvil, el ordenador, cuántas series se van a ver, qué tipo de series, con qué nivel de violencia, cuándo van a salir, qué dinero van a gastar, los límites a la hora de vestir... Si permites que participen al fijar este código es más fácil que se comprometan con ello.

“En los límites innegociables no se cede; se repiten tantas veces como haga falta, pero en tono normal, sin gritar”



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