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14 de julio de 2019
La literatura aumenta la inteligencia emocional

Un buen libro debería dejarte con muchas experiencias.

Muchos la consideran una actividad ociosa o inútil, pero posee un valor social invaluable: nos hace más empáticos y dispuestos a escuchar.

Esta frase es de William Styron, novelista que ganó el Pulitzer en 1967: “Un buen libro debería dejarte con muchas experiencias, y algo agotado al final: vives varias vidas mientras lees".  Y estas son de Raymond Mar y Keith Oatley, psicólogos cognitivos: "La literatura ha sido en general ignorada por los investigadores, porque su función parecía ser únicamente la de entretener. Pero en realidad tiene un propósito más importante: simula situaciones que nos permiten entender a los otros (y a nosotros mismos), algo que aumenta nuestra capacidad de empatía".


Si todo eso es cierto (como parece ser), ¿cómo lo logra? ¿Qué sucede en el cerebro mientras leemos? ¿Qué beneficios aporta? Aún más: ¿importa el libro escogido?

Si la lectura nos transporta hacia situaciones que no son las que físicamente nos rodean, algo tiene que suceder dentro de nuestras cabezas que lo permita. Para identificar qué es lo que ocurre, los científicos suelen usar técnicas de neuroimagen, métodos que permiten discernir aquellas zonas del cerebro que más trabajan en un momento dado. En un principio empezaron por lo más sencillo, por palabras o frases sueltas. Y los resultados, aunque intuitivos, no dejaban de ser sorprendentes. Por ejemplo, cuando los voluntarios leían “el chico golpeó al balón”, las áreas que más se activaban eran las áreas premotoras, las que trabajan justo antes de que hagamos algún tipo de movimiento (y que están más o menos por encima y un poco por detrás de los ojos). Incluso en otro experimento, cuando leían la palabras “ajo” o “canela”, las áreas que se activaban eran las relacionadas con el olfato.

Estos estudios no son definitivos, pero las conclusiones se han ido repitiendo (y si algo inspira confianza en el mundo de la ciencia es la reiteración). Así lo asegura Guillermo García Ribas, neurólogo en la Unidad de Enfermedades Neurodegenerativas del Hospital Ramón y Cajal de Madrid: “Las técnicas de neuroimagen son limitadas porque solo permiten hacer estudios bastante simples, pero los resultados han sido muy consistentes”.


El siguiente paso era probar con textos más amplios, comprobar si algo similar sucedía con historias complejas, más allá de palabras o conceptos individuales. Y la respuesta es afirmativa. En uno de los estudios más comentados, los voluntarios tenían que ir leyendo controladamente varios pasajes de un libro mientras eran sometidos a pruebas de neuroimagen. ¿Las conclusiones? Que los lectores tendían a ir activando dinámicamente las áreas responsables de cada acción, casi como si estas sucedieran en el mundo real. Ocurría cuando los personajes cambiaban de lugar (se activaban áreas frontales y laterales relacionadas con la orientación espacial), cuando agarraban objetos (se activaba un área premotora relacionada con las manos) o cuando modificaban su objetivo en la narración (se accionaba la corteza prefrontal, relacionada con la toma de decisiones). De alguna manera, al leer simulamos, literal y cerebralmente, la realidad. Si la lectura nos permite acceder a tal cantidad de situaciones, emociones y diferentes personalidades, no sería de extrañar que también nos entrenara para la vida.

El siguiente paso consistía, pues, en comprobar si la lectura era un entrenamiento de vida eficaz. Y la respuesta, de nuevo, vuelve a ser positiva, como ilustra el siguiente ejemplo. A un grupo de estudiantes de Toronto se les pidió que eligiera entre dos lecturas: un cuento de Chéjov (La dama del perrito) y otro texto que contaba la misma historia pero en un lenguaje mucho más plano, casi documental, sin las inflexiones propias de casi cualquier relato. Aquellos que leían el texto original puntuaban después mejor en las escalas de empatía, especialmente aquellos que más se habían emocionado con el cuento. Esta cualidad de saber ponerse en el lugar del otro influye, incluso, en la productividad de las empresas.

Pero falta un análisis más: ¿sirve cualquier tipo de literatura? ¿Es lo mismo leer a Chéjov que el último y seguramente aclamado best-seller? Un artículo en la revista Science se propuso dilucidar el asunto en 2013. Para ello realizó cinco experimentos diferentes mezclando textos de “alta literatura”, de “baja literatura” y de no-ficción. ¿Cómo distinguir los dos primeros grupos? Básicamente, por empirismo. En la alta literatura incluyeron algún clásico (nuevamente Chéjov) y a autores premiados como Don DeLillo, Lydia Davis o Alice Munro. En la baja literatura, por ejemplo, a la romántica Danielle Steel. Los exámenes de empatía fueron bastante contundentes: solo la considerada literatura de calidad mejoraba las puntuaciones.

Aunque el estudio ha recibido algunas críticas por la presunta inconsistencia de su metodología, los autores explican sus resultados de la siguiente manera: los textos de menor nivel dejan al lector en una posición pasiva, mientras que la literatura de alta enjundia le exige una labor creadora, con su consiguiente estimulación cerebral.

La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos”

(Marguerite Yourcenar, 'Memorias de Adriano')

Una teoría alternativa, pero no excluyente, es que los beneficios aparecen cuando el texto “transporta” al lector, cuando le crea una sensación de inmersión emocional en la historia. Algo de esto es lo que le decía el novelista Robert Louis Stevenson al escritor y crítico Henry James: “La vida es monstruosa, infinita, ilógica. La literatura no imita a la vida sino su discurso, no imita los actos humanos sino los énfasis y los silencios con los que los humanos hablan de ellos”. Es, o pretende ser, un reflejo concentrado de cómo nos contamos la vida, un reflejo que ayuda a entendernos algo mejor. O como manifestaba Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano: “La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos”.

Por puro placer
Si no le ha parecido suficiente, la lectura (especialmente la de ficción) parece aumentar la reserva cognitiva, que es la habilidad de tolerar cambios cerebrales que suceden con la edad sin presentar síntomas de demencia. Para García Ribas, la alta ficción seguramente sea la forma más estimulante para el cerebro. "La no-ficción, como los ensayos, también podría proporcionar beneficios, pero necesitaría estar escrita de una forma compleja, no simplemente en forma de frases planas y directas”, prosigue. En cualquier caso, lo que se ha comprobado es que "en personas mayores la capacidad lectora es un marcador de la capacidad intelectual mejor incluso que los años de estudio". Y a mayor disposición lectora, menor riesgo de demencia. "En una famosa investigación llamada El estudio de las monjas, se tuvo acceso a los diarios que estas debían escribir cuando entraban en la orden, aproximadamente a los 20 años. Muchas de ellas donaron el cuerpo a la ciencia, y cuando se fueron realizando las autopsias se comprobó que aquellas que habían escrito diarios más complejos, con mayor riqueza verbal, tenían menos signos de Alzheimer y un cerebro en mucho mejor estado al morir. Es de suponer que escribían mejor, en gran parte, porque habían leído más”, asegura García Ribas.

Por último, y no menos importante, entregarse a la aventura de un libro es beneficioso para usted porque provoca deleite. Ya lo expresaba el poeta colombiano Álvaro Mutis: “Lean por placer, tengan una profunda sospecha”.



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