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28 de mayo de 2018
Nuestra familia es el reflejo de los padres
Los padres somos el espejo en el que se miran nuestros hijos y ellos nos devuelven nuestro reflejo nos guste o avergüence lo que veamos.

Por: Redacciòn FM Fleming"Magazine"



Queramos o no, seamos conscientes o no… tenemos un impacto indudable en nuestros hijos, es imposible no tenerlo. ¿Vale la pena tomar consciencia y decidir responsablemente qué impacto quiero tener con mis hijos? ¿Nuestros hijos se merecen que nos preparemos para dar lo mejor de nosotros mismos como padres y madres? ¿Queremos aprovechar la oportunidad de ser padre o madre para crecer como personas?

En un ambiente familiar de reproche continuo, aprendemos sin saberlo a condenarlo todo. Si de niños, día tras día, se nos hace continua represión por los fallos que necesariamente cometemos aparecen llagas permanentes que hacen que cualquier roce nos incite, nos duela y dificulte discernir entre lo bueno y lo malo, lo grande y lo pequeño llevándonos a la generalización de condenarlo todo.


El virus se nos mete en una temprana edad en la que todavía no tenemos la capacidad racional para calibrar los juicios oportunos, desproporcionados e infundados de nuestros padres. Al crecer y hacernos adultos, el inconsciente “nos puede” y “devolvemos” lo recibido en forma de crítica improductiva y destructiva. Esta condena generalizada cierra el diálogo e impide que aprendamos de los errores necesarios para llegar a conocer y dominar las cosas.

En un ambiente familiar de continua hostilidad, gritos y amenazas, aprendemos sin saberlo a hostigar todo y a todos. La agresión psicológica constante es tierra de cultivo para el resentimiento, el odio, la rebeldía y el temor, por ser una fuente constante de desequilibrio psíquico.

En tal contexto aprendemos que el temor que podamos provocar a los otros es la vía para alcanzar nuestros propósitos y si llegamos a ostentar un puesto de poder puede convertirse incluso en cinismo.


Pasamos de fieras acorraladas a fieras que acorralan, revanchismo puro y duro, lejos del diálogo constructivo y del sentido comunitario.
¿Quién soy cuando llego a casa malhumorado del trabajo? ¿Cómo me comporto con mis hijos cuando estoy enfadado?

En un ambiente familiar que nos ridiculiza continuamente, aprendemos sin saberlo a temerlo todo. Dejar a un niño en ridículo una y otra vez es una forma sutil de hostigamiento. El ridículo puede ser bueno como situación esporádica de contraste pero nunca como base constante en el crecimiento. El ridículo puede ser sano cuando es “nuestro yo” quien lo descubre.

Temer hacer el ridículo es un freno para nuestra expansión, nos hace pequeños. Nos impide crecer. De adultos, el temor a hacer el ridículo nos anulará la capacidad de decisión y actuación. Se perderán posibilidades y desperdiciarán oportunidades porque no se nos permitió crecer.

En un ambiente familiar en el que reinan los celos y las envidias, aprendemos sin saberlo a vivir desde el resentimiento hacia los demás. Sin llegar a condenar o ridiculizar abierta y directamente, un espacio familiar en el que con mucha frecuencia se compara inadecuada e injustamente, provoca sufrimiento y mucho resentimiento. Refregar “modelos” cercanos es una falta de respeto a la identidad de cada uno. 

Cada niño tiene una esencia única, una edad, unas cualidades y unas capacidades específicas. Los celos y las envidias promovidas en el hogar por constantes comparaciones públicas en una edad temprana son nido de envidias y resentimiento hacia los demás, una continua obsesión por la comparación que generará una profunda insatisfacción por lo que se es y por lo que se tiene.

En un ambiente familiar de constante y abusiva competencia, aprendemos a querer vencer de adultos a cualquier precio. El continuo enfrentamiento y la felicitación por el éxito sin más análisis, nos convierte en animales de competición sin ninguna tolerancia a la frustración.

El éxito es embriagador y como una drogadicción es difícil renunciar al mismo. El éxito a cualquier precio es un precio altísimo a largo plazo. Uno de los signos de madurez es aprender con serenidad a extraer una lección de vida tanto de los fracasos como de los éxitos. Se nos asemeja al barco que se mantiene en la mar con buen tiempo y con tempestad, con la proa siempre encima de las olas señalando su rumbo. Hay que aprender a ganar y a perder y esto se aprende desde la niñez.


¿Qué aprendizaje quiero que se lleven mis hijos cuando no han conseguido lo que anhelaban?

 

En un ambiente familiar en el que hemos vivido el elogio merecido, aprendemos sin saberlo a valorar las cosas conseguidas con el esfuerzo. Si recibimos de nuestros padres aliento, felicitación y reconocimiento atesoraremos una semilla de grandeza.


Aprender a valorar las cosas de este mundo en su justa medida, teniendo en cuenta siempre el esfuerzo físico y espiritual que implica, es uno de los artes más difíciles que el hombre puede dominar. Significa saber llenar de agua el vaso saciando su plenitud a fin de que explote todo el potencial de tu hijo. Significa motivar, empoderar sus energías materiales y espirituales al máximo.

Cuando se crea esta energía, se crea riqueza de todo orden y con ello el crecimiento de todo individuo y sociedad. En este contexto aprendemos de una forma directa a saber valorar y respetar las cosas que han sido creadas por los demás.


¿Qué reflexiones hago junto a mis hijos cuando alcanzan sus objetivos?

 

En un ambiente familiar de equilibrio y equidad, aprendemos sin saberlo el arte de la justicia. Si recibimos de nuestros padres un trato justo y equilibrado, unos límites precisos que nos dan seguridad, el equilibrio y la equidad aprendida nos señalará en un futuro la magnitud de las acciones posibles.
La justicia no es solo condenar, es respetar y reconocer lo que es propio del otro. Y hemos de aprenderlo desde la infancia.

En un ambiente familiar de seguridad (no exclusivamente material), aprendemos sin saberlo a confiar. Si de niños nos sentimos amparados y seguros aprendemos a confiar en los demás y en nosotros mismos. En un ambiente así, los niños pueden ocuparse en desplegar sus capacidades y su creatividad. En el lado opuesto, la inseguridad hace que toda la energía se destine a defenderse del otro y de uno mismo. En un espacio de absoluta desconfianza, la sombra de las dudas inmovilizan y provocan angustia y desasosiego.
Cuando somos niños puede ser más fácil que nuestros padres satisfagan esta seguridad, incluso pueden llegar a aparentarla. Con el tiempo y las vicisitudes de la vida puede llegar a ser más complicado. Conviene poner especial cuidado en no transmitir nuestras pequeñas o grandes inseguridades a nuestros hijos (pequeños y mayores) para que crezcan y desarrollen todo su potencial. No tenemos derecho a que nuestros hijos vivan nuestras inseguridades, propias de nuestra edad adulta. No quieren vernos inseguros. Necesitan vernos confiados y confiables.
¿Quién soy con mis hijos cuando estoy preocupado y angustiado? ¿Cómo me comporto cuando la inseguridad se apodera de mí al llegar a casa?

En un ambiente familiar de generosidad con el mundo, aprendemos sin saberlo a compartir. El comportamiento de nuestros padres queda grabado en nuestras retinas. Si nuestros hijos no ven muestras de generosidad sincera por nuestra parte difícilmente repetirán esta suerte. Hay cosas materiales que se pueden indudablemente compartir pero también podemos enseñar a compartir a nuestros hijos experiencias gratificantes con sus amigos o compañeros. Compartir espacios de deporte, aventura en la naturaleza, conversaciones, juegos y, naturalmente tiempo de trabajo y estudio.
Para recibir primero hay que dar. Y dándose uno recibe. Compartir también es dar y convivir.

En un ambiente familiar de estímulo, aprendemos sin saberlo a confiar en nosotros mismos. Si de niños recibimos atención sincera de nuestros padres por nuestras cosas, sentimos que comparten nuestros “problemillas”, ese interés nos llena el corazón de alegría. Nos sentimos importantes por sentir que somos un orgullo para ellos. Aprendemos a confiar en nosotros mismos pues nos hace sentir que somos más grandes, más fuertes, más capaces de todo. Sentimos una energía que nos espolea hacia nuevos esfuerzos para el logro de nuestros objetivos.
Nos atrevemos a decir ¡esto les gustaría a mis padres! Y este encadenamiento de estímulos desemboca en una mayor confianza en nosotros mismos que ha de empezar a forjarse desde los primeros años.

En un ambiente familiar de comprensión y de amor, aprendemos sin saberlo a amar a los demás y al mundo. Cuando el cariño, el aprecio sincero, el respeto amoroso presiden en la familia, aprendemos a amarnos. Estamos llenos de amor y podríamos decir que lo devolvemos por rebosamiento. ¿Cómo puede dar algo alguien que no a recibido antes? ¿Cómo pretender sacar agua de la fuente sin antes haber llovido?
El amor verdadero no se compra ni se vende. Es incondicional, acoge al otro y cuando acojo es el otro quien pone la medida. Te hace crecer, ser mejor y busca tu bien. El amor perfecciona y afirma al otro. Es creativo y transfigura, me ayuda a descubrir al otro y al mundo.

 



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